CONCURSO DE RELATOS BREVES

"QUERIDOS REYES MAGOS"

Para votar, será necesario seguir a la página de Facebook “Asociación de vecinos la verdad”


Premio del Jurado: El jurado elegirá al primero y segundo premio.

Premio del público: Se publicarán todos los relatos en internet y podrá acceder a http://www.avlaverdad.com o al Facebook “Asociación de vecinos la verdad” donde podrán leerlos y dar su voto a aquel relato que crean merecedor del premio.

A través de la web, se dará un único voto al que se considere mejor relato, y a través de Facebook, se dará “me gusta” a la fotografía. Se sumarán los votos de la web y los “me gusta” de Facebook, y el que más votos tenga, será el ganador del premio del público.

En caso de coincidir alguno de los ganadores del jurado con el del público, el premio del público sería para el siguiente más votado en la web, no premiado por el jurado.

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 3 VACUNAS QUE NO DUELEN


Después de una larga jornada de trabajo los tres magos llegaban, un poco cansados, a su gran palacio de oriente. Los pajes acomodaron a los camellos en las cuadras reales, proporcionándolos paja nueva y agua para su descanso. Sus majestades desecharon las mascarillas que habían utilizado esa noche, y se retiraron a sus habitaciones a descansar.

-Que descanséis compañeros, exclamo Melchor, este año nuestra labor es más importante que la de otros años, y todo ha salido bien.

Gaspar antes de acostarse tuvo que tomarse un “almax” ya que no se encontraba muy allá después de tanto roscón, galletas, magdalenas, bizcochos, palmeritas y gominolas que encontró en una casa de Toledo.

Mientras tanto Baltasar se metía en su cama real sin leer nada de la novela que tenia sobre su mesilla, como hacia el resto de las noches.

Al cabo de unas horas amaneció y el primero en levantarse fue Gaspar, bajo las largas escalinatas del palacio y al llegar al salón del trono, sus ojos dormidos se abrieron de forma escandalosa, - majestades, grito mientras corría escaleras arriba para despertar a sus dos compañeros.

Los tres reyes bajaron corriendo al salón, sus pies descalzos dejaban marcas en el frio mármol y Baltasar casi se cae al girar el pasillo, jejeje estaba muy nervioso.

Al entrar al gran salón del trono real, la magia se había producido sus majestades empezaron a abrir miles de regalos que estaban envueltos con papeles de cientos de colores y dibujos.

Sus regalos fueron miles de gracias, cientos de sonrisas, multitud de esperanzas, alguna que otra bufanda y este año el regalo que más se repitió en el palacio real de sus majestades los tres reyes magos fue…

SALUD PARA TODO EL MUNDO


Con un recuerdo muy especial


En estas fechas, con un recuerdo muy especial para todas las personas que han perdido familiares o amigos en esta pandemia mundial, con un recuerdo muy especial para todas las personas que se han contagiado de Coronavirus y lo han pasado y están pasando mal, con un recuero muy especial para todos los trabajadores de los hospitales, que han estado y están en primera línea de batalla.

Que, en 2021, la magia de Sus Majestades los Reyes Magos deje salud y trabajo, trabajo necesario para todas esas personas que en el mes de marzo perdieron sus puestos y a día de hoy es difícil de volver a recuperarlo.

Que el 2021 nos traiga todos los abrazos que este año no nos hemos podido dar. 



EL EXTRAÑO VIAJE 

En un lugar de Oriente Medio de cuyo nombre no quiero acordarme, vivían, desde hace muchos años, tres señores de largas barbas que vestían ropas coloridas. El mayor de ellos, al que los otros llamaban Melchor, recitaba una enorme lista de nombres de niños y niñas, mientras sus compañeros se movían con sorprendente agilidad entre enormes montañas de juguetes y regalos.

--Hemos terminado con Asía, América, Oceanía, África y la Antártida, unos nombres más y habremos finalizado con Europa--, sonreía Melchor, colocándose los anteojos, sentado en un gran sillón.

Baltasar guiñó un ojo a Gaspar, y girándose hacía Melchor dijo: —Viejo comodón, ¿estás cansado?, el año que viene sortearemos el trabajo, me gustaría verte buscando paquetes en más de ciento ochenta idiomas --, las risas de ambos parecieron cambiar el alegre rostro de Melchor por un gesto de preocupación. Gaspar golpeó el hombro de Baltasar y señalando hacía su viejo amigo dijo: --Creo que se ha molestado--.

--Tenemos un problema, el regalo de Martina no aparece--, interrumpió Melchor, y ellos, al instante, comprendieron la situación. Martina era una preciosa niña de 9 años que vivía en el Barrio de San Antón, en la ciudad de Toledo. En sus cartas a los Reyes Magos solo deseaba amor, salud y alegría para su familia, vecinos del barrio, pobres y enfermos. Pero este año, y por primera vez, pedía un pequeño muñeco para jugar con su hermano. Emocionados por la carta de la niña, Melchor, Gaspar y Baltasar, sentían que no podían fallar a la pequeña.

Repasaron la lista una y otra vez, siempre con el mismo resultado, faltaba un regalo, el de Martina, y solamente quedaba una noche para iniciar el MÁGICO VIAJE que les llevaría a las casas de los niños del mundo. Pidieron a sus ayudantes que finalizaran el trabajo, cambiaron sus vestidos por otros más sencillos y subieron a sus corceles jorobados para dirigirse al lugar donde, según los pajes, encontrarían lo que necesitaban, la Ciudad.

Dejaron los dromedarios ocultos junto a un gran edificio iluminado y lleno de personas al que accedieron por una puerta "mágica" que se habría sola. Desde el primer momento no dejaron de maravillarse con la música, luces, adornos y multitud de objetos que ocupaban cada una de las tiendas del lugar. Todavía asombrados, llegaron al departamento de juguetes, allí eligieron la muñeca más bonita que encontraron para la pequeña Martina.

Con el juguete bajo el brazo salieron al exterior de la tienda, inmediatamente un hombre se abalanzó y los sujeto: --Ya era hora, los niños llevan esperando más de dos horas, venga colocaros en el stand--. Los ancianos no entendían lo que ocurría, acaso no sabía quiénes eran. En unos segundos hordas de niños se agolparon frente a ellos con sus cartas en las manos. Había niños que no dejaban de llorar o chillar, otros se sonaban los mocos limpiándose en la ropa de Melchor y sus compañeros, alguno les tiraba de las barbas y muchos no paraban de decir: --De verdad sois los Reyes Magos?, sois muy gordos, no creo que los camellos puedan con vosotros--, --Donde está el pony que pedí el año pasado?--, --Quiero más caramelos, ¡¡¡tacaños!!!--, --Te puedes llevar a mi hermano pequeño--. Los minutos pasaban muy lentamente. Sin duda era el trabajo más difícil al que se habían enfrentado. Finalmente el mismo hombre de la tienda los acompañó al exterior y le entregó un sobre con cincuenta euros a cada uno. —No he visto peores Reyes Magos en mi vida—dijo, despidiéndose con prisas. Cansados, sudorosos y agotados, se quedaron con la boca abierta, no podían creer lo que había ocurrido en ese extraño lugar. —Al menos hemos podido encontrar el mejor regalo para Martina--, señaló Baltasar, mientras regresaban hacia su casa.

Martina despertó inquieta el 6 de enero, corrió hacía el salón y vio, bajo el árbol, un paquete con su nombre escrito en un sobre y una dedicatoria: DE UN VIAJE MUY ESPECIAL PARA MARTINA, MGB. Mientras desde algún lugar oculto los Tres Reyes Magos sonreían. 


HOY, TRABAJO

Ya no sé dónde me hallo, creo que es la última que visito. Y he tenido que entrar aquí por el rayo. Ya deslindo. Según el listado es la última. Está a punto de amanecer y no puedo permanecer aquí. Oigo ruidos. No me extrañaría que bajaran las escaleras en estampida. He de darme prisa, antes de que me pillen...

Esta mañana he tenido que madrugar, no ha habido otro remedio. Hoy me tocaba trabajar.

Fue mi mayordomo, quien me despertó. Irrumpió en la alcoba y tiró de las sábanas sin remisión. Él es así. Dispone de tanta confianza conmigo que me trata como un amigo, salvando las distancias, claro. De todas formas, es obediente por naturaleza.

Cuando llegué al comedor ya tenía en la mesa el desayuno preparado. Hoy, para estar fuerte —pues lo necesitaría esta noche— he duplicado la pitanza y he comido como un "carpanta doble". Y eso que no me puedo desubicar, es decir que no tengo el don de la ubicuidad, aunque hay veces que me hace falta.

La mañana la he empleado en revisar los pedidos. Aunque este año es especial por esto de la pandemia, supuse que recibiría menos, pero no es así. La abundancia es significativa. Gracias a que tengo a mi disposición una troupe de empleados que me ayudan en la tarea, todo queda listo a su debido tiempo. Son cumplidores por naturaleza.

Después he recibido a mis dos colegas de fatigas —yo los llamo así, porque formamos un trío capaz de los mayores cometidos—. Y hemos comido juntos. No ha habido ningún otro comensal, hay que guardar las distancias sociales, observar mucha limpieza y hacer uso de la mascarilla. Desconozco si el año que viene por estas fechas seguiremos con lo mismo, ojalá se haya terminado esta pesadilla y todo rija como siempre.

Ha sido una sobremesa cordial, no obstante, hemos tenido que acortarla, porque aún nos quedaba mucho por hacer, y debíamos reunirnos a las seis de la tarde para comenzar la faena.

Los camiones con la mercancía estaban preparados. Ha habido que ajustar los paquetes para que cupiera todo con el mayor orden posible, sin que haya roturas ni deterioros, es imprescindible que la carga llegue en perfectas condiciones a su destino. Menos mal que este año el ajetreo de otras veces ha brillado por su ausencia. No hay mal que por bien no venga.

De nuevo, una vez reunidos los tres colegas en un punto determinado, y dado la orden oportuna, hemos comenzado con el espectáculo. La verdad es que se hacía raro tanto silencio. Acostumbrados a la algarabía, a los gritos, a los aplausos, al maremágnum, creíamos estar en otro planeta, sumidos en un halo de tristeza que golpeaba los transidos corazones.

Luego hemos avanzado, repartiendo sin ton ni son. Primero las casas más necesitadas, después las menos, y finalmente las agraciadas con la mayor riqueza. Siempre lo hacemos así. Aunque los beneficiarios, sumidos en la inocencia, no distinguen el boato con la pobreza, dejamos para los últimos a los que más tienen, aunque también desean.

Y ahora estoy aquí en la última, casi rendido por el cansancio, la paliza ha sido excesiva y más con el tormento de la mascarilla que no me dejaba apenas respirar. A mis años no estoy para estos trotes, pero no me puedo jubilar. He de seguir, hemos de seguir llevando la ilusión de los niños a los hogares... y siempre sin que nos vean... Quiero cumplir, cumplir...

Ah, he de darme prisa antes de que me pillen los pilluelos de esta casa, y las piernas casi no me responden, me tiemblan, no sé qué hacer, los oigo cerca, ahí mismo resuenan sus pisadas... ya voy, ya voy, he de limpiarme bien... No se puede romper el misterio!... Adiós, adiós... no hay papel!... No me da tiempo, no me da tiempo... 


LUCAS, EL PEQUEÑO DROMEDARIO

Era la primera Navidad para Lucas, el pequeño dromedario que había nacido cuatro meses antes. Estaba nervioso e impaciente porque llegara el "MÁGICO VIAJE" anual. Los Reyes Magos, con ayuda de los pajes, habían terminado de envolver todos los paquetes y, en breve, empezarían a cargar las alforjas de los animales elegidos para llevar los regalos.

Lucas no dejaba de corretear entré las patas de los mayores preguntando a unos y a otros: --Cuándo me toca a mí?, ¿cuántos paquetes voy a cargar?, ¿es muy largo el viaje?, ¿salimos ya?, venga dime, dime--, pero nadie contestaba a sus preguntas.

Los pajes fueron sacando a los animales de los establos, todavía quedaba mucho trabajo por hacer. Había que lavarlos, limpiarlos, cepillar el pelo, limarles las uñas, recortar las crines, cepillar los dientes, vestirlos y preparar el agua y la comida necesaria para el viaje, no había tiempo que perder y la presencia del pequeño dromedario parecía molestar a todos, --No es suficiente con que nos confundan con camellos todos los años, además ahora tenemos que aguantar a este pequeñajo--, dijo Sansón, el gran dromedario que encabezaba la caravana los últimos años.

El pequeño, muy triste, fue a ver a su madre que estaba recogiendo el establo de su familia, ella no iba a viajar, se quedaría esperando junto a otros animales. —Mamá, ¿por qué no puedo viajar con los demás?, ya soy grande y seguro que puedo cargar con muchos regalos.--, preguntó Lucas. Su madre lo miró con ternura, y poniendo una pata sobre la joroba de su hijo le dijo: --Cariño, todavía eres muy joven, seguro que viajaras muchas veces, tantas como yo. Es un gran honor para cualquier dromedario acompañar a los Reyes Magos en su gran aventura y todos queremos participar, pero este año te quedarás con nosotros esperando que regresen--. Pese a las palabras de su madre, Lucas soñaba con viajar.

En el establo de al lado estaba Beltrán, su mejor amigo. Lucas se asomó por un tablón y lo llamó: -­Beltrán, ¿estás ahí?, no digas nada a tus padres y ven conmigo, me tienes que ayudar.--. Beltrán lo siguió al exterior de los establos y pronto se dirigieron a la gran sala donde se almacenaban los regalos.

Lucas había cogido unas alforjas y se las había colocado en la joroba. --Venga Beltrán, coge varios regalos y colócalos en las alforjas, voy a demostrar a todos que puedo formar parte de la caravana--. Su amigo hizo lo que el pequeño dromedario le pidió, al poner el primer regalo en las alforjas, Lucas, soltó un suspiro: --bufffff, es un poco más difícil de lo que pensaba--. Entonces, Beltrán, colocó un segundo regalo y, en ese momento, las patitas de Lucas se doblaron por el peso y acabó cayendo al suelo soltando un enorme bufido. Se levantó y lo intentó una y mil veces, aunque siempre ocurría lo mismo. Cada vez estaba más cansado, sin embargo sus ganas parecían aumentar.

Desde lo alto de la gran sala, los Tres Reyes Magos; Melchor, Gaspar y Baltasar, habían observado, atentamente, los intentos de Lucas por formar parte de la caravana que repartiría los regalos de Navidad por el mundo. Los Tres pensaron que el joven dromedario merecía un premio por el esfuerzo y la pasión que había mostrado.

Así, esa noche, el Rey Melchor, con mucho cariño, situó a Lucas al final de la caravana, --lo vas a hacer muy bien—dijo, tranquilizando los nervios de Lucas. Los pajes lo adornaron como al resto de dromedarios y colocaron pequeños regalos en sus alforjas. Sansón giró la cabeza hacia atrás sonriendo e inicio la marcha.

Ese año, al despertar, muchos niños pudieron ver las huellas de los Tres Reyes Magos y sus pajes, junto a estas, las enormes huellas que el gigante Sansón y sus compañeros dejaban, y detrás unas pequeñas y alegres pisadas de un orgulloso dromedario. 


MI CARTA

 

Me dirijo a ustedes para pedir SALUD.

En este momento el país y el mundo les necesita, para que el año nuevo dé comienzo con toda la fuerza necesaria, ya que este 2020 nos ha dejado muchos problemas que van a ser muy difíciles de solucionar.

¡Con la ayuda de Sus Majestades los Reyes Magos lo podemos conseguir!

Pido, por todos los niños del mundo que en la noche del 5 de enero se van a la cama con mucha ilusión, que este año no les falte un pequeño detalle, ellos son los verdaderos héroes de esta pandemia, por su responsabilidad y tesón, por comprender desde el minuto uno lo que estaba sucediendo.

Queridos Reyes Magos, felices fiestas. 


MI ULTIMA CARTA


    A SS. MM.

    Queridos Reyes Magos : Hace muchísimos años que no os escribo, tantos que no me reconoceréis en aquella niña que año tras año os pedía una bicicleta, y a la que con suerte traíais una muñeca, para ponerla de adorno en mi habitación; una planchita o una cocinita; y en el peor de los casos carbón de verdad, que también lo sufrí por ser mala. Sabéis, porque vuestras majestades lo saben casi todo, que disfruté de una bici; la que le trajisteis a mi hermano, y que yo le quitaba pese a los castigos de mi Madre. Por eso este año, aunque sea el último que os escriba, os pido que a todas las niñas no les dejéis de traer sus pedidos por razón de género; ¡influye tanto en sus destinos!

    Lo segundo que os pido son muchos millones de vacunas seguras y probadas. Y pruebas accesibles, ah, y no os olvidéis de una partida de presupuesto para los y las investigadoras. Que puedan trabajar en lo que estudiaron en nuestro país, y no le pase como a mi hija que lleva toda su vida laboral trabajando en la otra punta del mundo y que este año es el primero que no la veré para Navidad.

    No os pido más. Confío que en esta ocasión traigáis lo que os he pedido. Para vosotros no tengo que pedir salud, que sé que la gozáis durante siglos, yo espero que me la traigáis para poder disfrutar de la vuelta de mi hija.   

Recuerdos de una noche mágica

Aún recuerdo la noche del 5 de enero de 1999. La fuerte lluvia, al compás que el frenesí de ver cumplido mi deseo, me impedían conciliar el sueño. "Podrán los grandiosos Reyes Magos ser capaces de traer aquello que les he pedido?" - Repetía una y otra vez bajo la penumbra que la noche arrojaba sobre mi ventana.

Sentada en la cama, empecé a recordar las últimas tardes con mi abuela. A decir verdad, la noche de Reyes era más bonita a su lado. Juntas, preparábamos café y pastas para sus majestades, así como un pequeño tentempié para los camellos. Ella siempre me contaba que ese respiro les supondría un gran alivio en su largo trecho. ¡Vaya si lo era! Al día siguiente nunca quedaba nada de eso y a cambio, el café y las pastas se sustituían por regalos. ¡Qué felices éramos!

Sin embargo, desde hace unos meses, ella ya no estaba conmigo. Al recordarlo una sensación de soledad se apoderó de mi ser, convirtiendo el blanco de mis ojos en pequeños humedales que desprendían lágrimas sin hacer ruido. ¿Podrán los grandiosos Reyes capaces de traer aquello que les he pedido? - Me repetía una y otra vez.

De repente, como la niebla matutina que nos invade los días del mes de enero, apareció una sombra a través del cristal. Sin creer lo que veía, rápidamente desapareció, al igual que lo hace el rocío de los tejados al ver los rayos del sol; al igual que el llanto de un nieto que encuentra el regazo de su abuela....

Así: como una niebla o como un llanto, desapareció esa sombra sin darme cuenta en milésimas de segundo. Sin embargo, no fue en vano, había venido con un objetivo muy claro: Reavivar la alegría fugaz de aquellas noches mágicas, pero en esta ocasión de una manera más permanente y larga, unida a una sensación de tranquilidad. No supe que significó la sensación que en mí apareció, hasta que por fin, como siempre hacía cuando quería decirnos dónde había marchado cuando nadie estaba en casa, vi un trozo de papel amarillento bajo el árbol de Navidad. En este caso, no se trataba de una nota cualquiera, era un mensaje de su puño y letra, caracterizado por una pequeña vibración, por su gran tamaño y por esas eses tan bien refinadas con su "rabito" como le había enseñado mi abuelo; un mensaje que abarcó en mí una fuerte sensación de nostalgia, pero a la vez de tranquilidad: Estoy bien pequeña. Siempre estaré bien.

Volví a la cama abrazada a aquel papel. Después de aquello comprendí, que gracias a su poder, los Reyes Magos me habían acercado un poco más a ella con aquella nota. Aquello fue lo que pedí, y así se cumplió: un mensaje, una señal... Al final, es cierto que la magia todo lo puede, y más, si el corazón no olvida. 


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